Nuevo libro de: Juan Hernández Reyes. Intitulado: ¡La banda está presente!

Merengues, merengues, pase usted por el suyo

 

**Recuerdos de un Domingo Especial**

 

Cuando era muy niño, alrededor de 1961, tengo un recuerdo muy vivo que me ha acompañado durante toda mi vida. Aunque éramos muy pobres, en casa siempre se acostumbraba darnos algo que nosotros llamábamos *"Nuestro domingo"*. No sé de dónde salió o quién lo impuso, pero era algo que adoptamos y lo hicimos nuestro durante muchos años. No sé si ahora se use, pero a nosotros nos hacía totalmente felices. Esa pequeña tradición dominical se convirtió en un ritual que atesoraba, un recordatorio de que la felicidad se encuentra en los momentos sencillos de la vida.

"Nuestro domingo" era más que una simple tradición familiar; era un momento de alegría y unión que esperaba con ansias cada semana. Este pequeño gesto de mis padres significaba mucho más que un simple regalo o recompensa: era una expresión de amor y cuidado, una manera de decirnos que, aunque las circunstancias no fueran las mejores, siempre había algo especial reservado para nosotros.

Lo que hacía este ritual tan especial no era el valor material de lo que recibíamos, sino el acto de recibirlo. Cada domingo, sabíamos que al final había un pequeño detalle esperando por nosotros, y eso nos llenaba de ilusión. No tenía claro qué era la felicidad en ese momento; simplemente me dejaba llevar por la alegría de todo lo que me rodeaba. Cada día era una pequeña aventura, en la escuela y en las calles de mi barrio, la populosa 20 de noviembre y mi única expectativa era que la semana llegara a su fin para dar paso al día más esperado: el domingo. Era un día especial, lleno de promesas y de la posibilidad de disfrutar de un pequeño placer que me hacía super feliz.

Cada atardecer, al regresar de la escuela disfrutaba de caminar por la barda que bordeaba el gran canal del desagüe. Era un lugar peculiar, Entre calzada del peñón y calle paileros donde la gente solía dejar su basura, pero para mí tenía un encanto especial. Desde allí, podía escuchar a los pregoneros que anunciaban sus productos con entusiasmo, llenando el aire con sus gritos. Uno de los más memorables era el de los merengues, que resonaba con una melodía casi hipnótica: "Merengues, merengues, ricos merengues, volados de a merengues pase usted por el suyo". Mientras escuchaba, mi corazón se aceleraba al imaginar el sabor dulce y ligero de esos postres, que parecían ser un pequeño lujo en medio de la rutina diaria.

Sin embargo, la realidad era que no contaba con dinero para comprar uno de esos ricos merengues. La espera se hacía larga, ya que debía conformarme con la idea de disfrutar de uno solo los domingos, diariamente el deseo crecía, y el simple acto de escuchar a los vendedores se convertía en un ritual que alimentaba mis anhelos. La barda, con su vista de las aguas sucias del canal y atrás el bullicio de la gente, se transformaba en un escenario donde mis sueños de merengues danzaban en mi mente, recordándome que a veces, la espera puede ser tan dulce como el propio postre. La emoción crecía en mí mientras contaba los días y las horas para poder salir corriendo temprano el domingo, hacia una vecindad en la misma calle, cercana a nuestra casa, donde producían y vendían el delicioso merengue que me hacía sentir como si estuviera en el cielo.

 

El esperado domingo inminentemente llegaba como siempre. Con solo 20 centavos en el bolsillo, me dirigía corriendo y brincando de gusto con mi vaso de vidrio en la mano hacia el lugar donde elaboraban el dulce. Allí me llenaban un vaso grande de vidrio, (que originalmente era de una veladora) que ya había limpiado con anticipación para ese momento tan esperado. La textura suave y dulce del merengue, junto con su sabor ligero, era un verdadero deleite que me hacía olvidar cualquier preocupación. Cada bocado era una explosión de felicidad que me recordaba que, a veces, las cosas más simples son las que nos traen mayor alegría.

Los domingos por la mañana, cuando aún no abrían la vecindad donde hacían el merengue, solía entretenerme jugando con mis canicas. Me pasaba el tiempo, (casi siempre solo), armando el famoso cocol, figuras diversas, jugando el chiras pelas, el altas y bien paradas o simplemente haciendo un hoyito en el suelo. Aunque no siempre tenía suerte en mis juegos, era una forma de pasar el tiempo mientras abrían el lugar del dulce. En más de una ocasión, dejé mis canicas tiradas en la calle, corriendo emocionado hacia la casa donde hacían la rica golosina, con la confianza de que el sabor dulce y suave me recompensara por la espera.

 

Al regresar, alegre y feliz me sentaba en una piedra un tanto sucia y chueca, siempre tarareando alguna canción de moda, disfrutando de cada bocado de mi merengue, mientras mis ojos se perdían en la contemplación de mis canicas. Sus formas abstractas y colores vibrantes me llevaban a un mundo de sueños y fantasías, donde cada una de ellas representaba una ilusión por venir. Era un momento de pura felicidad, donde la simplicidad del juego y el placer del dulce se entrelazaban, creando recuerdos que atesoraría por siempre.

 

**Lecciones Aprendidas**

 

A veces, (muchas veces), me encuentro llorando de nostalgia al recordar esa experiencia que marcó un antes y un después en mi vida. Y cada que puedo me compro un rico merengue. recordando que, durante ese tiempo, aprendí lecciones que se han convertido en pilares fundamentales de mi existencia. Comprendí que los pequeños gestos tienen un valor inmenso y que la verdadera felicidad no siempre se encuentra en los grandes acontecimientos, sino en esos momentos fugaces de conexión íntima conmigo mismo.

 

Esa tradición me abrió los ojos a la belleza de lo simple y me enseñó a apreciar cada instante, sin importar lo que estuviera sucediendo a mi alrededor. Además, esta experiencia me hizo reflexionar sobre la importancia de crear recuerdos que realmente resuenen en mi corazón. No se trata de las circunstancias externas, sino de cómo elegimos vivir esos momentos. Aprendí a atesorar cada risa, cada conversación y cada silencio compartido, entendiendo que son esos instantes los que realmente dan forma a nuestra historia personal.

 

En un mundo que a menudo se mueve demasiado rápido, esta lección me ha permitido encontrar significado y alegría en lo cotidiano, recordándome que cada día es una oportunidad para construir memorias que perduren.

 

"Nuestro domingo" es un recuerdo que me acompaña con calidez y nostalgia, recordándome siempre que, a pesar de las dificultades, el amor y la familia son los tesoros más grandes que uno puede tener.

®Juan Hernández reyes.

Esta historia continuara.


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